segunda-feira, 1 de abril de 2013

Resumen de "Los Pocillos" - Mario Benedetti


Mariana estaba en casa admirando los pocillos que sua amiga, Enriqueta, le regaló en su último cumpleaños, eran muy coloridos, rojos, verdes, negros e con ellos le gustaría servir el café. Ella preguntó, se dirigindo al marido pero con sus ojos fijos en su cuñado, se debería servirlo. José Claudio, su marido, dijo que no, le pidió para esperar un ratito que a él le gustaría fumar un cigarillo. En este momento, ella miró a él y pensó, por milésima vez, que sus ojos no parecían de ciego.

José Claudio empezó a mover su mano en el sofá buscando su encendedor. Mariana le ayudó a hallar y así, él intentó encender la llama, que insistía en no aparecer. Alberto, su hermano, encendió un fósforo para ayudarle y le preguntó por que no lo tiraba el encendedor, a qué José Claudio contestó que no lo tiraba porque le tenía cariño, fue un regalo de Mariana. Ella, entonces, empezó a recordar. Habían inaugurado el encendedor cuando José Claudio cumplió 35 años y todavía veía. Ellos estaban enamorados y ella se sentía protegida y feliz.

Alberto preguntó a José Claudio el motivo de él no ir más al médico y él le dijo que no tenía necesidad, que siempre oía las mismas cosas, que su salud estaba maravillosa mismo con la ceguera. Mariana apoyó Alberto diciendo que de todos los modos José Claudio debería ir, pero él dijo que no creía en milagros.

Mariana, entonces, recordó que su matrimonio había tenido buenos momentos, eso no podía ocultarlo, pero después de la ceguera, el rostro de José Claudio adquirió una tensíon, un resentimiento que no había antes. Él se había negado a valorar el amparo de Mariana y todo su orgullo se concentró en un silencio terrible. Él menospreciaba su protección. Y ella hubiera querido – sinceramente, carinõsamente – protegerlo. Pero, ahora no.

El cambio ocorrió con lentitud. Primero fue un decaimiento de la ternura. Ella seguía siendo eficiente, de eso no cabía duda, pero no con lo mismo cuidado, atención y cariño de antes. Ahora todo era mecánico. Después se instaló un temor horrible frente a la posibilidad de una discusión cualquiera. Él estaba agresivo, dispuesto a siempre herir, a decir lo más duro.

Alberto se levantó del sofá y se acercó al ventanal, junto de Mariana. Él la miró y durante el silencio, se sonrieron. De pronto, Mariana supo que se había puesto linda.

La primera vez que él le había dicho que estaba linda fue la noche del 23 de abril del año pasado: una noche en que José Claudio le había gritado cosas muy feas y ella llorava, desalentada, durante horas y allí supo que había encontrado el hombro de Alberto y se había sentido comprendida y segura como hacía mucho no se sentia. Su amor por Alberto había sido en sus comienzos gratitud. Para ella, querer había sido siempre un poco agradecer y otro poco provocar la gratitud. A José Claudio, en los buenos tiempos, le había agradecido que él, tan brillante, se hubiera fijado en ella, tan insignificante. A Alberto, en cambio, le agradecía porque había le ayudado a ser fuerte. Él era un alma tranquila, respetaba su hermano, muy equilibrado, pero también, un solitario. Durante años y años, Alberto y ella habían mantenido una relación superficialmente cariñosa. Sin embargo, Alberto siempre envidió un poco la aparente felicidad de su hermano, la buena suerte de haber dado con una mujer que él consideraba encantadora.

Cuando Mariana había recurrido a Alberto en busca de protección, de cariño, había tenido de inmediato la certeza de que a su vez estaba protegiendo a su protector, de que él se hallaba tan necesitado de amparo como ella misma. Entonces, con eso, la gratitud pronto fue desbordada y a los pocos días lo más importante estuvo dicho y los encuentros furtivos menudearon. Ella sintió de pronto que su corazón se había ensanchado y que el mundo era nada más que eso: Alberto y ella.

José Claudio, entonces, dijo que ella ya podría calentar el café, y Mariana se inclinó sobre la mesita para encender el mecherito. Por un momento se distrajo contemplando los pocillos. Sólo había traído tres, uno de cada color. Le gustaba verlos así, formando un triángulo.

Después se echó hacia atrás en el sofá y su nuca encontró lo que esperaba: la mano cálida de Alberto, ya ahuecada para recibirla. Como todas las tardes, la mano acarició todo el rostro de ella. Se detuvo sobre los labios entreabiertos y ella besó silenciosamente aquella palma y cerró por un instante los ojos.  La primera vez que Alberto hizo esto, Mariana se había sentido terriblemente inquieta. Ahora no. Ahora estaba tranquila y podía disfrutar. Le parecía que la ceguera de José Claudio era una especie de protección divina. Este, sentado frente a ellos, respiraba normalmente.  Cuando ella abrió sus ojos, el rostro de José Claudio era el mismo. Para ella, sin embargo, ese momento incluía siempre un poco de temor. Un temor que no tenía razón de ser, ya que ellos habían llegado a una técnica de esa caricia tan perfecta como silenciosa.

José Claudio, entonces, alertó para ella no dejar el café hervir. Mariana volvió a inclinarse sobre la mesita, apagó la llamita y llenó los pocillos de café.

Todos los días cambiaba la distribución de los colores. Hoy sería el verde para José Claudio, el negro para Alberto, el rojo para ella. Tomó el pocillo verde para alcanzárselo a su marido, pero antes de dejarlo en sus manos, se encontró con la extraña, apretada sonrisa. Él dijo, entonces, que no. Hoy le gustaría tomar en el pocillo rojo.

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